“YO SOY YO, NO SOY EL OTRO, NO ME CONFUNDAN”. El reclamo de Dalí a sus padres, que marcaron su vida para siempre.

DALÍ, UN GENIO LOCO CREATIVO QUE NOS MOSTRÓ CÓMO LA IDENTIDAD SE DEFINE DESDE LA NECESIDAD Y LA CARENCIA.

Profundizando en la potencialidad que posee la limitación de la personalidad.

Las múltiples caras de un genio esconden dos aspectos de la misma realidad de fondo. Loco, paranoico, genio, exhibicionista, artista, comerciante, místico, excéntrico… ¿Quién es Salvador Dalí?  Fue la pregunta que se hicieron los contemporáneos que tuvieron el privilegio de verle vivo; ¿Quién ha sido Salvador Dalí? Es la pregunta que nos hacemos ahora; ambas preguntas surgen de la misma crisis de identidad que sufría y a la vez usaba y disfrutaba Dalí: ¡No saber quién era ni lo que quería llegar a ser; quería ser otro y a la vez ser él mismo! Mientras que trataría de resolver ese conflicto de identidad se convirtió en un joven que no respetaba nada, un anarquista congénito, creó una personalidad que para poder existir tenía que ser notorio.  Una historia personal de un genio loco que de alguna manera nos llega a todos porque nos representa en la loca búsqueda de importancia.

Afirmar que la limitación posee una gran potencialidad es una auténtica contradicción (aparente) pero para reconocer dicha apariencia hay que abrirse a lo paradójico. De hecho que lo paradójico es el camino hacia el misticismo porque nos prepara para la llegada del misterio a nuestra vida.

Gracias al trauma original que implantaron sus padres ha surgido la maravilla de lo que era.  Salvador nació después de que muriera su hermano, le pusieron el mismo nombre del hermano muerto, y lo trataban como si fuera su hermano resucitado, no como si fuera él, se convirtió en el sustituto de su hermano muerto. Ser Salvador Dalí le suponía ser el salvador de la angustia de los padres, por lo que tuvo que implementar un mecanismo de rebeldía con sus padres repitiéndoles una y mil veces “yo no soy ese” “Yo no soy mi hermano” “yo no soy el otro Salvador”  “Yo soy yo”.

Desde esta necesidad de autoafirmación sólo quería considerarse absolutamente diferente a todos los mortales, por tanto hacia todo tipo de cosas extravagantes; lo común le aburría tremendamente, necesitaba ser excepcional, salir de lo establecido, hacerse notar a toda costa. Es lo que nos ocurre a todos en diferentes maneras y medidas, el complejo de inferioridad o de impotencia se transforma en un complejo de superioridad o de ser todopoderoso. El delirio místico es parte del proceso de sanación del niño herido, anulado, marginado, comparado, traicionado o rechazado que llevamos dentro.

En el caso de Dalí, su aventura intelectual y artística le llevó a recorrer muchas opciones de lo mismo, impresionismo, cubismo, futurismo, surrealismo; en el arte se buscó a sí mismo tratando de verse de esa manera dual. El paisaje árido y desolado de su visión interna se transformó en un espacio mental en donde nació su método paranoico crítico, un método que permite ver al ojo dos imágenes de una misma forma; Dalí aborda el tema del “Doble” como método de búsqueda de una identidad propia. Se sentía incapaz de algo, lo definió como un complejo de impotencia que dependía de la necesidad de tener que ser otro o de sencillamente llegar a ser él.

He querido basarme en la vida de Dalí para ampliar y profundizar en lo que en innumerables circunstancias y momentos de las clases de Escuela Consciente® he dicho de tantas maneras posibles: “he nacido como todos, siendo yo mismo, pero me olvidé de quien era,  me impusieron ser otro sin darme cuenta, me convencieron de que llegando a ser alguien en la vida podría triunfar, sin saber que en ese intento estaba cayendo en la gran trampa del sufrimiento esencial que está apoyada en tres puntos: 1- El deseo de ser quien no puedo ser 2- La negación de ser lo que ya soy por naturaleza y derecho existencial, y 3- La omisión de la posibilidad de llegar a ser más que humano”.

Dalí, tú y yo es lo mismo. ¿Quién fue realmente? ¿Qué queda de él?  Es lo mismo que se preguntarán de mí y de ti después de que muramos. Por eso insisto en que si morimos antes de morir, cuando nos llegue el momento de la muerte, no moriremos. Morir ahora a lo que no somos, morir al intento de ser otro y morir a la limitación de creer que no podemos ser Dios. El suicidio de la ambición de querer ser, o de negarse a ser lo que se puede ser, es el suicidio consciente más efectivo que existe a la hora de renacer a la existencia sin habernos quitado la vida, sino para comenzar a vivir en paz. Cuando el proyecto es llegar a ser desde la carencia, el trauma y la necesidad ocurre en diferentes formas lo que le ocurrió a Dalí.

El divino Dalí, desde joven y por puro afán de exhibicionismo era capaz de arriesgar su vida para llamar la atención de todos sus compañeros. Viajó a todas partes para darse a conocer a toda costa en busca de reconocimiento. En su examen de fin de carrera, Dalí declara al jurado “no apto para evaluarlo” y rehúsa contestar a las preguntas. Se ve definitivamente excluido de la academia de pintura, pero luego se convierte en uno de los jóvenes pintores más ricos del mundo.   Afirma que toda la pintura contemporánea es un desastre, y que el desastre es, precisamente, la condición para un nuevo renacimiento espiritual; su tendencia mística natural le conecta con ángeles de antimateria que pinta en sus cuadros, y declara:  “Hoy todos los físicos  también hablan constantemente de la antimateria, hasta tal punto que hoy parece que la materia se está escapando de las manos de los científicos, y ya solo queda la energía, y todo lo que creíamos que era material, se está espiritualizando.

Quizá estaba espiritualizando la propia idea de sí mismo. Cuando lo criticaron de impostor dijo: ¿Impostor o traidor de quién o de qué…? Soy mucho peor y mucho mejor que eso. Sobre todo, soy un traidor, pero además de ser un traidor, soy… ¿Qué es lo que soy?… Algo que es mucho mejor que ser un traidor, pero me he olvidado de eso que soy. En fin, soy un traidor, y esa otra cosa de la que me he olvidado que es mejor, ya me acordaré…

De ese olvido esencial de si mismo surgió el genio artístico y mediático que a menudo se convierte en showman. Desde su rechazo absoluto al orden establecido consolidó un universo fóbico y atormentado que le llamó el universo daliniano desde donde construyó su imagen y colocó tanto a sus obras como a él mismo en el centro.

Llegó a repartir por avión miles de ejemplares de su «Declaración de la independencia de la imaginación y de los derechos del hombre a su propia locura». Esa locura reconocida, más o menos controlada y expresada le lleva también a transformar la casa de un pescador en un palacio barroco, concebido como una obra de arte, una escultura habitable que se desarrollará como las células de un cuerpo orgánico creando un espacio intrauterino que será, hasta el final, el taller donde sueña con otro Renacimiento, capitaneado por él solo y nadie más.

Inspirada por las teorías de Freud acerca del inconsciente, la «paranoia crítica» es, en palabras de Dalí, un método de autoanálisis que le permite encauzar sus alucinaciones de manera creativa, haciendo surgir de su inconsciente las imágenes subliminales ocultas bajo el mundo de la apariencia. Esa era su obra, su propio psicoanálisis a cielo abierto, para la búsqueda de una identidad propia.

Único, irrepetible y magnífico Dalí que representa al loco disparatado que llevamos dentro buscando conocer la propia y auténtica identidad. Si aprovechamos este espacio para interiorizar, cabe preguntarse por qué su objetivo vital ha sido el de ser único y excepcional. ¿Por qué en su pintura el tema del doble era tan recurrente, tan esencial para él. La pintura “Las dos efigies” representan a dos hermanos, uno mortal y el otro inmortal, y ahí estaba escondido el secreto de su herida y su extravagancia, de su limitación y su potencialidad.

Dalí lo dijo claramente: Mis padres hicieron una cosa que tuvo consecuencias trágicas y gloriosas para mi vida, y es que querían mucho a mi hermano muerto, y cuando vine yo al mundo me pusieron el mismo nombre de mi hermano muerto; es decir, Salvador. Toda mi niñez y toda mi adolescencia, conviví con la idea de que yo formaba parte de mi hermano muerto; es decir, que llevaba amarrado a mi cuerpo y a mi alma el cadáver de ese hermano muerto, porque mis padres no paraban de hablarme de ese otro Salvador, diciéndome que no podía pasarme lo mismo que al otro Salvador… En fin, que cada vez que se hablaba de mí, se hablaba del otro. Por eso, para desmarcarme de ese otro hermano muerto, me vi obligado a dármelas de genio, en el sentido de afirmar a cada minuto que yo no era el otro, que yo no estaba muerto; y así, me vi obligado a cometer y perpetrar toda clase de actos excéntricos. Es esa faceta estrambótica que la gente cree ver en Dalí, pero que, justamente, es la faceta más trágica de mi existencia, ya que todas las semanas he tenido que afirmar, para convencerme a mí mismo, que yo no era el otro, que yo era el hermano vivo. Cuando yo era muy pequeño, quería ser una cocinera. Después, empecé ya cuando tenía seis años, quería ser Napoleón. Desde entonces, mi máxima ambición no ha hecho más que crecer. Y ahora, lo que más me gustaría es poder ser, nada menos que… Salvador Dalí.

Le preguntaron ¿Qué es el cielo? «El cielo: he aquí lo que mi alma, prendada de lo absoluto, ha estado buscando a lo largo de toda una vida, aunque a algunos les ha podido parecer confusa”.

 

Alberto José Varela

nosoy@albertojosevarela.com

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