DESVELANDO EL MITO DEL TERAPEUTA ¿Qué significa y supone ser facilitador de procesos de evolución interior?

LA RECUPERACIÓN DEL PODER DE LOS OTROS

¿Qué espera realmente un participante de un facilitador?

La expectativa que trae un participante a veces no coincide con lo que el facilitador ofrece. Independientemente de lo que cada persona necesita, pide o exige de un terapeuta  ¿Cuál es la función auténtica que debe ejecutar un facilitador consciente en los procesos de evolución personal de los participantes a retiros?  Por el hecho de que le va a acompañar o guiar durante unas horas o días para poder avanzar en su superación personal ¿Que derechos y obligaciones debe respetar?

Cada ciclo formativo, cada retiro de fin de semana y cada taller que organizamos nos confirma una realidad común; lo vemos una y otra vez: muchos participantes buscan de manera más o menos consciente mitificar al facilitador o al terapeuta. Buscan implantar en el terapeuta la figura de héroe que tal vez de pequeños tenían implantados en las figuras de sus cuidadores primordiales (padres, abuelos, familiares varios…)

¿Pero es eso realmente lo que implica la figura del facilitador? ¿Ser un héroe, un salvador, un protector o un ideal a seguir? ¿Buscar el reconocimiento del participante? ¿Convertirles en seguidores o discípulos para creerse que es un maestro o gurú?

Si el trabajo que se ofrece es la recuperación del poder personal de los participantes, resultará incompatible proponerse como referente, como guía o sabelotodo.

En los últimos retiros organizados por Inner Mastery y facilitados por miembros del equipo de Ayahuasca Internacional formados en el seno de ésta escuela, hemos tenido varias experiencias de participantes que le pidieron a los facilitadores su bendición: bendecir una pulsera o a una persona directamente; otros, buscan la aprobación  del facilitador que en su día les apoyó para que pudieran dar sus primeros pasos; otros, buscan perpetuar la relación, llegando a la seducción o al interés romántico.

Siento un gran alivio al haber podido comprobar la integridad y la ética de nuestros facilitadores. Ninguno cayó en la trampa y todos supieron devolverle la responsabilidad, la autoridad, el reconocimiento propio de la propia valía y el PODER a los participantes en cuestión, que en algunos casos quedaron confusos ante éste evidente despliegue de “no – protagonismo”

En estos retiros de evolución interior sucede que los participantes empiezan a abrirse al otro, al mundo y a dejarse ver en su ser más vulnerable; se desnudan y empiezan a vislumbrarse los valores que hasta ese momento están siendo ocultados al mundo… ¿Qué nos sucede a las personas cuándo desplegamos estos valores y nos dejamos ver? Quedan al descubierto nuestro ser, nuestra pureza, nuestra inocencia y vulnerabilidad… todos aquellos aspectos que de un modo u otro habíamos aprendido que sólo eran apropiados en la intimidad, cómo máximo en lo privado, pero jamás en lo público, y menos delante de extraños desconocidos.

La forma de justificar ésta desnudez del alma ante nuestro condicionamiento es a través de disfrazar el contexto en el que se ha producido, poniendo el énfasis en la persona que nos ha acompañado hasta ese lugar oculto, en este caso el facilitador o integrador: “éste es un ser elevado, un maestro, un iluminado, está por encima de mi… le pido su bendición para ser cómo soy” o tal vez “hay una conexión profunda con éste ser ante quién me he desnudado existencialmente… me he enamorado”

Si a esos factores de vulnerabilidad y posible sensación de inferioridad del participante le sumamos una calidad interior poco evolucionada o poco trabajada de un facilitador, que no sólo tenga su propio complejo de inferioridad (o lo tenga camuflado bajo un complejo de superioridad) sino que además no se haya hecho cargo de que lo tiene, el cóctel explosivo está servido: dicho de otro modo, se junta el hambre (participante desempoderado y buscando inconscientemente continuar entregando su poder) con las ganas de comer (facilitador buscando robar el poder de otro)

Es necesario que el facilitador tenga una integridad consciente, que sepa sostener de forma cariñosa y respetuosa la energía de la situación, y que a su vez se haga cargo de en qué puede haber contribuido a la creación de dicha situación, como parte de su propio proceso personal.

Un facilitador tiene derecho a su proceso personal. Nosotros creamos el espacio para que sucedan esos procesos, para apoyarlos, para permitirlos, para sostener a la persona que facilita, pero fuera del contexto de los retiros y fuera del contexto de una formación en la que se está como miembro del equipo organizador y docente, para que nunca salpiquen a los participantes. En ocasiones, esto ha supuesto tener que pedirles a algunos miembros del equipo que se retiren del lugar activo que estaban teniendo en un determinado momento, darles la libertad y el espacio para poder sumergirse en su proceso, pero manteniendo el contenedor con pureza e integridad, con respeto para todos, hasta que se haya hecho cargo de su proceso.

Un facilitador consciente no es un ser iluminado. No es un ser que haya resuelto todos sus asuntos, ni que se haya hecho dueño de su condicionamiento al 100%. Un facilitador consciente simplemente es uno que se ha sumergido una y otra vez dentro de sí mismo, que se ha hecho cargo de su condicionamiento, que lo mantiene mientras se pone al servicio de otras personas; un facilitador consciente practica honestidad y sinceridad consigo mismo y es él mismo quién se hace cargo de aquellos momentos en los que se tenga que retirar.

Un facilitador consciente no empuja una silla de ruedas. Ofrece una muleta y está atento para cuándo la persona ya no precisa de dicha muleta; no ayuda, no indica: apoya.

Un facilitador consciente ofrece lo único que de manera auténtica tiene fuerza sanadora: presencia incondicional. Sin juicio, con solidez, sin agenda, sin presiones, sin tiempos, sin medicinas paliativas, sin querer solucionar ni resolver nada, respetando no sólo el punto evolutivo del participante, si no el punto evolutivo al que el participante quiere llegar en cada momento. Acompañando el ritmo de la música a la que quiera danzar el alma de la persona que busca su camino. Se indica por dónde va el camino, cuáles son las posibles alternativas, pero no elige si caminar o no, no elige qué camino debe seguir el participante. Sólo observa, apoya y acompaña, aceptando.

PRESENCIA INCONDICIONAL.

 

Laura Torrabadella

Supervisora de Facilitadores dentro de la Escuela Europea Ayahuasquera

escuela@innermastery.es

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