LA INOCENCIA DEL FLUIR, DEL NO SABER, DE LA ESPONTANEIDAD Y DE LA PUREZA DE LO QUE ES. Volver a nacer es recuperar la inocencia perdida y la memoria de lo que somos; es la satisfacción de poder jugar a disfrutar lo que es.

LA IGNORANCIA DE LA FAMA, EL PODER, EL PRESTIGIO, LA ERUDICIÓN Y EL RECONOCIMIENTO.

Vida y muerte, éxito y fracaso, pertenecen a la misma ilusión y sentimiento de insatisfacción.

Es muy fácil decir: no hay mejor ni peor, no hay arriba ni abajo, no hay buenos ni malos, no hay vida ni muerte, no hay éxito ni fracaso; pero comprender este concepto en profundidad y además llevarlo a la vida práctica es mucho más complicado, pero posible.

Maestros de todos los tiempos han afirmado que la mayor ilusión es la muerte, y no lo discuto, morir es una apariencia, pero además agrego: “Si la muerte es una ilusión entonces la vida es una falacia”, algo que creemos que existe o que es real pero que en lo profundo no lo es. Cual película o proyección holográfica la experimentamos como si existiera, y parece ser tan real que resulta tremendamente difícil llegar a comprender su vacío esencial, y ver la nada de la que proviene, la nada que la sostiene y la nada a la que se dirige. Dicen que los maestros que han comprendido al 100% esta verdad se iluminaron.

Un ejemplo sencillo: Si en este momento apoyas tu mano en cualquier parte de tu cuerpo creerás que estas tocándolo, pero en realidad no hay contacto físico, solo un acercamiento, entre la piel de tu mano y la de la parte que parece que tocas hay una distancia, aunque microscópica que es insalvable, no pueden tocarse, hay una frontera molecular porque si lo hicieran se fundirían y ya no se podrían separar; pero si puedes retirar la mano de esa parte de tu cuerpo es porque no has tocado nada sino que te has acercado, nada más. Ese acercamiento produce una percepción. De igual manera ocurre con la vida, es un acercamiento a la ilusión que no garantiza la fusión con la nada. En realidad la vida es una caricia a la consciencia, solo alcanzamos a tocarla pero no a fundirnos con ella. El primer paso para llegar a ser la consciencia es fundirnos con la vida, con el cuerpo, con la mente, con lo que sentimos y con la muerte. A no ser que aprendamos el arte de fundirnos no conoceremos la consciencia sino tan solamente el  significado de la palabra, en el mejor de los casos. La consciencia se puede experimentar a través de la fusión, cuando la aparente dualidad se convierte en unidad.

En el plano de lo ilusorio hay muchas capas o niveles, hay cosas más o menos ilusorias, por ejemplo el cuerpo, que parece tan concreto es más ilusorio que la mente. Los cuerpos mueren, se pudren y desaparecen pero los pensamientos de quienes vivieron en ellos pueden perdurar miles de años. Con tu cuerpo puedes crear una obra de arte que perdurará más allá de la propia existencia de tu cuerpo, y si además tiene tu firma mucho mejor. Al morir desaparece la ilusión la vida y queda reflejada una ilusión mucho más real en aquello que hemos hecho, en nuestra obra, en el legado que dejamos o en nuestra descendencia, ya que para la mayoría es una herencia económica la que se deja a los hijos para seguir existiendo de alguna manera.  Otra manera efectiva de sobrevivir es a través de la tradición, la cultura, la moral y la religión, así es como se crea una identificación con creencias y con el apellido de quién las creó; la lealtad al linaje y a las formas aprendidas o modelos recibidos es otra manera de hacer sobrevivir algo del pasado que ya está muerto. En el fondo todo está basado en el instinto de supervivencia y permanencia. Por tanto es obvio que la necesidad de seguir existiendo proviene del hecho de que no existimos pero quisiéramos que la ilusión dure más tiempo del que nos otorga la vida misma. Queremos estirar el sueño como un chicle, incluso más allá de la muerte. En este sentido hemos creado ilusiones dentro de la ilusión para tratar de hacer real el hecho de que no existimos.

Por ello el ego de los conquistadores, líderes, escritores, artistas o inventores es mucho más refinado y efectivo que el resto de mortales, porque con sus obras perduran en el tiempo, figuran en los libros de historia e incluso se llega a poner su nombre en las calles de las ciudades.  Pero mientras viven, la mayoría de ellos sufren por no poder alcanzar la cima del éxito, no consiguen figurar todo lo que quieren, no llegan a tener todo el protagonismo que desean. Quieren más, más, más… y más; y nada les alcanza para saciar la sed de acaparamiento por ello se dedican a acaparar sensaciones satisfactorias para el ego. Esta ambición es parte del juego de la expansión, en alguna medida es una proyección más de la ilusión porque necesita autorecrearse o reproducirse de muchas maneras para ser mas creíble. Ir creando más realidades ilusas nos permite seguir sintiendo que existimos; a no ser que un día comprendamos que la realidad es una interpretación, porque ese día todo se vuele relativo y ya nada puede verse de la misma manera. Ver la fantasía como tal no pone inevitablemente en un punto de observación que crea una nueva actitud hacia la necesidad de existir en el plano físico, y para ello se utiliza la sociedad, que es el público disponible que tenemos donde podemos desarrollar una estrategia de seducción y posicionamiento que produzca atracción, admiración, aplausos, aceptación y el consecuente orgullo personal por creer ser alguien importante.

Dentro del ámbito de aquellos que triunfan en la vida, hay quienes logran tener muchas posesiones, mucho poder o influencia, otros consiguen mucho reconocimiento y prestigio, mucho respeto y obediencia… ya sea por el trabajo que han realizado, por las ideas que han tenido o por la creatividad que han plasmado, pero también por la personalidad que han desarrollado.  La identidad es una de las más complejas ilusiones, es una ilusión dentro de otra ilusión, dentro de otra ilusión, dentro de otra ilusión y dentro de otra ilusión.  La vida, el cuerpo, los sentimientos, los pensamientos, las ideas y la realización de ellas… son diferentes niveles de realidades aparentes; después de esa escalada de ilusiones llega la identidad, creada por la mente que cree ser aquello que ha hecho o experimentado. Una vez creada y creída esta ilusión estamos en la cárcel de las apariencias.

Toda esta introducción me sirve para ir directamente al grano: la fama, el prestigio, el poder, el reconocimiento, el éxito… son diferentes manifestaciones de la ilusión de una identidad que no está satisfecha con quien es y con lo que la ha creado. Dicho de otra manera: ¡Todavía no estás a gusto contigo mismo!. ¿Cuál es el motivo por el que la mayoría de personas no se sienten  realizadas incluso aunque hayan conseguido tantos logros?

Cuando accedemos a la comprensión de lo ilusorio damos un salto evolutivo tremendo a nivel de consciencia, lo que nos permite ver con otros ojos y captar otra mirada de las cosas y por consecuencia repercute en nuestra vida cotidiana. Hagamos una prueba con dos palabras: Ignorancia e Inocencia, en la superficie se parecen, pero en el fondo no son lo mismo. Son dos capas de ilusiones de distinta consistencia. La ignorancia es un estado de no saber, igual que la inocencia, pero hay una gran diferencia. La inocencia no es erudita, pero tampoco quiere serlo. Está absolutamente contenta, satisfecha con la ausencia de conocimiento y reconocimiento. Pero la ignorancia es pobre, es un mendigo; quiere esto, quiere aquello; quiere ser culta, quiere ser respetable, quiere ser rica, quiere ser poderosa. Tiene ausencia de conocimiento pero necesidad de reconocimiento. La ignorancia discurre por el camino del deseo. La inocencia es un estado de ausencia de deseos. Pero al ser dos estados que carecen de conocimientos, su naturaleza nos resulta parecida o puede confundirnos porque son dos ilusiones de diferente densidad.

Dijo Osho: “Un niño no tiene ambiciones, no tiene deseos. Está tan absorto en el momento… un pájaro que vuela le llama totalmente la atención; basta con una mariposa de bellos colores para que se quede encantado; el arco iris en el cielo.., y será incapaz de concebir que haya algo más importante o espléndido que este arco iris. Y la noche llena de estrellas, estrellas y más estrellas… La inocencia es abundante, está colmada, es pura”

Promover, inspirar, apoyar y proteger la inocencia debiera ser nuestra mayor tarea con los niños, porque el niño lleva consigo el mayor tesoro, el tesoro que los sabios han encontrado después de arduos esfuerzos. Los sabios dicen que se convierten de nuevo en niños, vuelven a nacer cuando recuperan la inocencia perdida. Cuando regresan a la ilusión original, la más primaria y básica de las ilusiones: la inocencia.  Cuando sentimos culpa estamos en una capa de la ilusión más gruesa y consistente, mucho más alejados de la consciencia; y la peor de las culpas es la que se siente cuando no estamos satisfechos con lo que somos, tenemos, hacemos o recibimos. Este tipo de culpa crea ingratitud y descontento, por ello sugiero estar atentos.

La mala noticia para muchos es que si todavía buscas triunfar es porque estás moviéndote en el ámbito de la ilusión, en capas de superficialidad que te alejan de la inocencia, y eso no es para nada anormal ni malo sino que aun no has dado el salto hacia el retorno al estado original. Si has comprendido el sueño dejarás de pensar en términos de competitividad, de llegar a la cima, de triunfar o de ser más de lo que ya eres. Solo te dedicarás a disfrutar lo que es en cada momento. Entonces no tendrás nada más que hacer desde una mente que planifica y calcula para ganar, llegar o conseguir, sino que te entregarás a lo que cada momento o situación pueda darte, a fundirte con el misterio que subyace de cada experiencia vivida en consciencia.

La satisfacción es asesina, porque crea una sensación ilusoria que mata la ilusión del deseo. Sentirse plenamente satisfecho es una muerte tremendamente placentera.

Alberto José Varela

nosoy@albertojosevarela.com

 

 

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